domingo, 5 de noviembre de 2017

Pensamientos, sensaciones, convicciones sobre lo que estamos viviendo en Cataluña


Las banderas de España y Cataluña
ondeando en lo alto de la Generalidad

         Con esta declaración de la república catalana de octubre de 2017 es la quinta vez que en España nos toca bailar con semejante cáncer. Las fechas de 1640 con motivo de la “guerra del segadors”, 1873, en la Primera República; 1931, proclamación de Maciá; 1934, proclamación de Companys y 2017, proclamación por el “parlament de Catalunya” no sólo vulnerando el derecho español sino las leyes propias catalanas que se había dado el propio parlament. La de 1640 fue la más grave de las cinco, ya que en ella España perdió el Rosellón y la Cerdaña No creo que haya demasiadas posibilidades de desafueros mayores en una comunidad política.

         Este sinvivir con el nacionalismo catalán a lo largo de la Historia de España es lo que llevó a Ortega a proclamar:

  “Es un problema perpetuo, que ha sido siempre, y seguirá siendo mientras España subsista. Este es el caso doloroso de Cataluña; es algo de lo que nadie es responsable; es el carácter mismo de ese pueblo; es su terrible destino, que arrastra angustioso a lo largo de toda su historia”.

        No debemos abandonar el asunto, como Ortega, sosteniendo que “es el carácter mismo de ese pueblo” y que por ello mismo el problema no tiene solución. Todos los problemas entre personas tienen solución, pero hay que ponerse a ello con decisión y con la voluntad de todas las partes de acabar con los conflictos.

        Para empezar, todos deben saber de lo que se está hablando. De otro modo, seguiremos en la ceremonia de la confusión cuando no de la mentira, de la falsificación de la historia y de la imposición energuménica de los deseos para hacerlos realidad por encima de todo y por encima de todos. Llegados a este punto se acaba con el Derecho y fuera del Derecho cualquier sociedad se convierte en la jungla. Y convertir España en la jungla hoy es más peligroso que ha sido nunca porque hay movimientos anti-sistema organizados para demoler todo lo bueno que la Historia ha ido levantando a base de esfuerzo, coraje y renuncias de nuestros antepasados. Volveré más adelante sobre este punto que, quizás, considere el riesgo más peligroso de todos y que lo mantendremos latente mientras sigamos con el río revuelto.

        Con el problema de Cataluña estamos hablando de nacionalismo y esa es la dificultad más grande. Decía De Gaulle:

        “Patriotismo es cuando el amor por tu propio pueblo es lo primero; nacionalismo, cuando el odio por los demás es lo primero.”

        De eso hay que convencer a los nacionalistas. Ellos no se van a convencer por sí solos porque todo esto se mueve en el terreno de los sentimientos y en el caso que nos ocupa los sentimientos de los que hoy son secesionistas en Cataluña son sentimientos inoculados mediante la falsedad, el engaño a lo largo de cuarenta años: desde la desaparición del decente Tarradellas y la toma del poder del tan indecente Jordi Pujol. El “pujolismo” que ha venido después ha consistido en la máquina de corrupción más grande de España –incomparable con las del PSOE y PP, que no han sido pequeñas- y también en las invectivas continuas y persistentes hasta el hartazgo frente a un enemigo común inexistente (todos los nacionalismos se buscan un enemigo inexistente) llamado España en el que ya se ha venido ciscando (que es gerundio) todo el mundo con olor y sabor a patriota catalán y sólo por la horrorosa razón de que eso ha sido lo políticamente correcto para los que han tenido el poder en Cataluña ¡Qué unidas están siempre la ética y la estética!

        Orwel, que en 1945 publicó sus “Anotaciones sobre el nacionalismo” lo definía como el hábito de asumir que los seres humanos pueden ser clasificados como insectos y que grupos enteros de personas pueden ser clasificadas como buenas o malas; además, el nacionalismo es hábito, también, de identificarse uno mismo con una determinada nación u otra unidad, colocándola más allá del bien y del mal.

        Afirma rotundamente que hay que distinguirlo del patriotismo. Mientras el patriotismo es la devoción a un lugar en particular y a un particular estilo de vida, los cuales uno cree que son los mejores del mundo pero sin la menor intención de forzarlo a los demás. El patriotismo, además, es defensivo, tanto militar como culturalmente. En cambio, el nacionalismo es inseparable del deseo de poder. El propósito perdurable de todo nacionalista es el de asegurar más poder y prestigio, no para sí mismo sino para la nación u otra unidad, a la cual ha decidido someter su propia individualidad. El nacionalismo es hambre de poder alimentada por el autoengaño.


George Orwell


        Caracteriza al nacionalismo con los siguientes rasgos: 1) Obsesión: en términos generales, ningún nacionalista piensa, habla o escribe sobre otra cosa que la superioridad de su propia unidad; 2) Inestabilidad: La intensidad con que son sentidas no impide que las lealtades nacionalistas sean transferibles. De particular interés es la retransferencia. Un país u otra unidad que ha sido idolatrada por años puede repentinamente devenir odiada, y otro objeto de afecto puede tomar su lugar casi sin un intervalo. En Europa continental los movimientos fascistas reclutaban a sus seguidores en su mayoría de entre los comunistas. Lo que permanece constante en el nacionalista es su estado mental: el objeto de sus sentimientos puede cambiar, y hasta ser imaginario. 3) Desconexión con la realidad: Las acciones son tenidas como buenas o malas, no en atención a sus propios méritos, sino de acuerdo a quién las realiza, y prácticamente no hay clase alguna de barbarie –tortura, la toma de rehenes, trabajo forzado, deportaciones en masa, penas de cárcel (o ejecuciones) sin juicio previo, falsificación, asesinato, el bombardeo de poblaciones civiles- cuya calificación moral no cambie cuando es cometida por “nuestro” bando. En el pensamiento nacionalista hay hechos que pueden ser a la vez ciertos y falsos, conocidos y desconocidos. Un hecho conocido puede ser tan insoportable que habitualmente es descartado y no se le permite entrar en procesos lógicos. Todo nacionalista se obsesiona con alterar el pasado. Se pasa parte de su tiempo en un mundo de fantasía en el que las cosas ocurren como deberían y transferirá fragmentos de este mundo de fantasía a los libros de historia cada vez que pueda. Hechos importantes son suprimidos, fechas alteradas, citas removidas de sus contextos y manipuladas para cambiar su significado.

        Pues, bien; en relación con estas ensoñaciones en el tema catalán es necesario saber por todos que Cataluña jamás ha sido una nación, aunque Felipe IV cometiera el error de consentirlo de palabra cuando le vinieron tan mal dadas con motivo de los desórdenes de campesinos y segadores en contra de la mayor presencia de fuerzas militares durante la guerra franco-española del primer tercio del s. XVII. Los más entendidos entre los nacionalistas quieren señalar una Cataluña independiente en el siglo X, en tiempos del Conde de Barcelona, Borrell, II, cuyo mandato lo cifró en las buenas relaciones con el Califato de Córdoba (al sur) y con el Rey franco (al norte). Tras un período en que con el surgimiento de Almanzor, como caudillo musulmán empeñado en renacer las grandezas originales del Califato, pidió la protección militar del Rey franco, decidió renunciar después a ella tras el saqueo de Barcelona en 985 por las tropas de Almanzor y de ese modo –dicen- Cataluña logró su independencia. Semejante aseveración oscila entre la falacia y la necedad: ciertamente se hizo independiente del Rey franco, pero continuó el Condado de Barcelona como otros condados y reinos en territorio español. Castilla en el mismo siglo X era un Condado, Fernán González fue el Conde más significativo, y lo que después fue la Corona de Castilla se forja a partir de un siglo después. Cataluña se integra en la Corona de Aragón en el siglo XII y a partir de ese momento va formando la nación española con todos los reinos cuyos símbolos estaban recogidos en el escudo de los Reyes Católicos, siglo XV, finales al tiempo de conquistar Granada.

        A mayor abundamiento, teniendo en cuenta que la formación de la nación española se fue haciendo a base de la Reconquista del territorio peninsular invadido por el Islam a comienzos del s. VIII, es de notar que en la dos batallas más importantes en el asalto a Andalucía de finales del XII y XIII –Alarcos y Las Navas-, que marcan el comienzo del fin de la Reconquista, las crónicas cuentan la presencia significativa de los catalanes entre los ejércitos cristianos liderados por Alfonso, VIII de Castilla, Pedro, II de Aragón, Sancho, VII de Navarra y Alfonso, II de Portugal.

        Si España la entendemos como una de las naciones más antiguas de Europa, constituida hace quinientos años, al final de la Reconquista, no es fácil (salvo con intenciones muy malas) hablar de una nación catalana cuyo territorio constituyó al comienzo la Marca Hispánica del Imperio Carolingio, después una serie de Condados hasta la integración en la Corona de Aragón y –por consiguiente- una parte destacada de España hasta nuestros días.

        Yo no he vivido, como es natural, las cuatro primeras crisis de secesionismo catalán, pero sí he vivido esta última y he contemplado muchos errores de los gobiernos centrales (y demás instituciones del Estado) en los últimos cuarenta años. Es imprescindible conocerlos y tener la determinación de no repetirlos en el futuro. Incluso de enmendar cuanto antes las equivocaciones.

        El primero fue de los constituyentes del 78 al distinguir entre NACIONALIDADES Y REGIONES en el art. 2 de la constitución. De ese modo no todas las comunidades autónomas eran iguales ante la ley y, además, se generaba confusión sobre el término NACIONALIDAD ¿Es equivalente a nación, en cuyo caso España sería una nación de naciones? ¿No lo es? Los padres de la constitución, empezando por Fraga, consideran que son sinónimos nación y nacionalidad. Sin embargo, el T.C. en resoluciones posteriores ha expresado con claridad que no, que no son sinónimos y que la única nación de la que puede hablarse es de la nación española.

        El segundo –tras las elecciones del 77– pudo ser la restauración de la Generalitat en la figura de su presidente, Josep Tarradellas, que había sido elegido en 1954 para el cargo por los miembros del parlamento de Cataluña (sobrevivientes y exiliados) en la embajada del Gobierno republicano en el exilio en México. Fue el único momento de la transición en el que se aceptó la legalidad republicana anterior al alzamiento militar del 18 de julio. Y con aquella decisión, Adolfo Suárez y las Cortes recién electas aceptaron que la autonomía de Cataluña era un derecho previo a la Constitución del 78 que por aquel entonces sólo se empezaba a redactar.        Con razón (ninguna más arguyen con verdad los separatistas) dicen hoy que la Generalidad de Cataluña es anterior a la Constitución española.


Tarradellas, President de 1977 a 1980
con Adolfo Suárez

        Con aquello, Suarez consiguió que una amplia mayoría de catalanes votaran la Constitución del 78 e incluso obtuvo un rédito a corto plazo para su partido: en las primeras elecciones generales, 1979, UCD, que iba en la coalición CENTRISTAS DE CATALUÑA, obtuvo un 19 % de los votos, quedando segunda inmediatamente después del PSC.
       
        Tales réditos fueron efímeros, toda vez que en las catalanas del 80 y en las legislativas del 82 Pujol sacó más de un 22 % de los votos, por encima de la suma del centro-derecha español de entonces (AP, UCD y CDS) Y desde entonces la posición dominante del pujolismo frente a las sucursales sucesivas de AP y luego del PP se ha ido ampliando.

        Con Pujol o sin Pujol, lo que ha habido en Cataluña desde entonces ha sido puro pujolismo, quizá con la salvedad del mandato de Maragall. Y el pujolismo ha consistido en corrupción, nacionalismo, separatismo hasta la proclamación de la república catalana de hace días.

Pujol (1980-2003)


Maragall (2003-2006)

Montilla (2006-2010)

Mas (2010-2016)

Puigdemont (2016-2017)


        Pero a ello no es fácil llegar con un estado fuerte. Y debemos reconocer que no hemos sido un estado fuerte. Más bien acomplejado.

        Por un puñado de votos para gobernar, por otro puñado de votos para sacar adelante presupuestos, los gobiernos centrales, de izquierda, derecha o centro (ha dado lo mismo) se han ido plegando a transferir competencias en la medida que les iba conviniendo en el mercadeo de los votos y hay que tener bien claro que existen competencias que son intrasmisibles a las autonomías. Así como no se puede transferir la administración militar, tampoco puede trasmitirse la administración sanitaria o la administración de educación. Con la de la sanidad se promueve la falta de igualdad entre los españoles y la lucha entre administraciones en casos de atención concreta, lo cual es inadmisible. Delegando las competencias en educación sin control se permite la invención de la historia, el odio a España como el enemigo inventado por el nacionalismo que se trasmite a las nuevas generaciones de manera oral y escrita y en suma la deseducación durante décadas de una buena parte de españoles, irrecuperables –seguramente- para la marca España.

        Por último, un apunte jurídico. Entre las mamarrachadas que se escuchan y se leen estos días, muchas de ellas completamente cómicas si no fuera por la tragedia que todo este conflicto conlleva, se cuentan las siguientes: (de los independentistas) la opresión del Estado se demuestra una vez más con la imputación de delitos al Govern y a La mesa con penas como si se tratara de terroristas; (de catalanes constitucionalistas que están viviendo incómodos) yo reconozco que lo han hecho mal pero tampoco hay que pasarse.

        A todo ello y con carácter general digo: “dura lex sed lex” y el Derecho está para ser respetado, fuera de la Ley sólo está la jungla y estos personajes (personajillos, diría, porque son para sonrojarse) conocían muy bien en la que se metíanm, los Letrados del parlament se fueron a la vista de las fechorías perpetradas, poco les importó; y no les importó entrar en una dinámica delictiva contra los preceptos del Código Penal con los tipos más graves del Ordenamiento. Celebro (y bien sabe Dios que no deseo mal a nadie) que el Derecho se vaya aplicando. Antes se debería haber aplicado en temas menores que éste pero que llevan a éste, la ley de banderas, por ejemplo ¿Cuántos años hace que salen el President, los Consellers, la sesiones del Parlament con la bandera cuatribarrada en solitario? ¿Y la bandera de España que debe estar siempre legalmente junto a ella? Se miró para otro lado y de aquellos polvos vinieron estos lodos.

        Que se cumpla el Derecho, que se actualice, que se adapte a las circunstancias. Sin Derecho dejamos de ser sociedad civilizada de seres humanos.

        Y decía que en todo maremágnum nacional hoy en día hay que tener muy en cuenta la presencia de los grupos antisistema, como Podemos, la CUP y otros, cuyo fin es la demolición de todo lo que vean construido y en aras de ese objetivo oscilarán apoyando a unos o a otros sin más objetivo que la destrucción de España.

        Dejo esta imagen final con las tres banderas: la de España, la de Cataluña y la de la Unión con el deseo de de una Cataluña fuerte que continúe haciendo fuerte a España dentro de una Unión Europea, importante actor –cada vez más- en el escenario mundial.



Todos los españoles de buena voluntad, catalanes y no catalanes, tenemos nuestra esperanza puesta en que sea así.









E.L./05.11.2017

jueves, 19 de octubre de 2017

La Autenticidad, signo de la felicidad humana


 
Despojándose de una máscara


         Hace poco menos de un mes dejé escritas en este mismo blog mis convicciones sobre la felicidad: en qué consiste, si se la puede considerar camino además de meta y cuál es la opinión de reconocidos pensadores que han trabajado sobre ella.

         Dejé bien claro que entre las dos corrientes de pensamiento que han definido la felicidad en Occidente, desde nuestros días hasta Sócrates incluido, yo tomaba partido y partido en serio por aquella que contempla la felicidad como la actitud constante de ser fiel a uno mismo y a su propia vocación.

         Pues bien, esto comporta unas consecuencias, de entre las cuales la Autenticidad palpable en un hombre o una mujer destaca como condición necesaria de la felicidad o como señal inequívoca de ella.

         Autenticidad es la calidad de lo auténtico; esto es: de lo acreditado como cierto y verdadero por los caracteres o requisitos que en ello concurren. Podemos decir, por ejemplo, que es un goya auténtico o que tal gema se trata de una esmeralda auténtica. Si lo trasladamos a lo humano, en una primera aproximación, recomendar a alguien sé tú mismo es una invitación a la Autenticidad. Y ese sé tú mismo no se refiere a la indumentaria, al porte externo, que también. Se refiere a la persona toda y por lo tanto a todo lo que guarda en su interior. Una persona auténtica hace lo que los demás esperan de ella. La Autenticidad es ser realmente uno mismo y del todo en cada situación, no es Autenticidad si brota de un automatismo, es decir que se trata de algo adquirido, algo extraño a uno mismo, aunque esté incorporado a uno mismo de una manera voluntaria, esforzada y consecuente.

         Ni siquiera la sinceridad es lo mismo que la autenticidad. Sinceridad significa que una persona, al expresarse, no engaña, que habla de acuerdo con lo que siente, con lo que ve. Pero esto no basta para que la persona sea auténtica. La Autenticidad en palabras de Julián Marías es el vivir del hombre desde sí mismo.

         La autenticidad es una respuesta inmediata, directa, inteligente, sencilla, ante cada situación. Es una respuesta que se produce instantáneamente desde lo más profundo del ser, una respuesta que es completa en sí misma, y que, por lo tanto, no deja residuo, no deja energía por solucionar, no deja emociones o aspectos por resolver. Es algo que, por el hecho de ser acción total, una acción en que la persona lo expresa y lo da todo, liquida la situación en el mismo instante y genera confianza.

         La autenticidad es lo más sencillo que hay, porque es lo que surge después de que se ha eliminado lo complejo, lo compuesto, lo adquirido.

         La Autenticidad es inherente al proceso de desarrollo y al llegar a ser auténtico llegas a ser la persona para la que fuiste creado. Me interesa remarcar en este punto que una de las características propias de la persona es que es un ser viniente, no está nunca acabada y eso le permite unas posibilidades inusitadas. De las que carece cualquiera de las especies animales, y que permite al hombre y a la mujer poder rectificar, pedir perdón, tomar nuevas trayectorias. Estoy persuadido de que la persona vive en una paradoja (vive en muchas) por la que se siente inmensamente pequeña, pero al mismo tiempo llamada a la infinitud. Creo que esto anda en los alrededores de lo que estamos tratando.

         Autenticidad significa vivir conscientemente con una marca propia sobre lo que hacemos. Una persona Auténtica no teme lo que pueda llegar a su vida, no teme los resultados porque conoce y confía en lo que hace. Cuando eres auténtico dejas de hacer lo que todos hacen, dejas de caminar regido por paradigmas y aplicas más bien la conciencia a tu vida.

         La Autenticidad es ser y estar en el centro, por lo tanto en el punto óptimo para encaminarse en cualquier dirección, al mismo tiempo, una experiencia constante de satisfacción, de gozo, de felicidad, porque se está viviendo ese contenido profundo, ese contenido de plenitud.

         La Autenticidad, que es inherente al proceso de desarrollo de la persona, se produce en el momento en que su estado de madurez le ha permitido sentir y ser consciente de su felicidad, para lo cual la Autenticidad probada es un ingrediente más de aquella.

         Seamos felices y, por ello, seamos auténticos.










E.L./19.10.2017

miércoles, 27 de septiembre de 2017

La consistencia de la Felicidad. Camino y meta a un tiempo, necesarios y obligatorios

 
"Entra para crecer enj sabiduría"
En el frontispicio de acceso a la Universidad de Harvard (Cambridge, MA)
  
         La sabiduría es un carácter que se desarrolla con la aplicación de la inteligencia en la experiencia  propia, obteniendo conclusiones que nos dan un mayor entendimiento, que a su vez nos capacitan para reflexionar, sacando conclusiones que nos dan discernimiento de la verdad, lo bueno y lo malo.

         A todo esto llamado sabiduría, que consiste en optimizar mi propia vida, le toca entender de la felicidad.

         Hace algo más de doce años me enamoré intensamente de una mujer andaluza que correspondió a mi amor con su amor intenso, también. Salíamos los dos de nuestros procesos respectivos de separación matrimonial y destrucción de la familia, episodios más numerosos cada vez, y ambos ocupamos en ellos la posición de “repudiados”. Si su papel hubiera sido de “repudiante” no me hubiera yo enriquecido tanto con la trasmisión de sus experiencias. El proceso contencioso matrimonial de ella llevaba alguna antelación al mío por lo que sus vivencias y enseñanzas fueron muy beneficiosas para mí que no entendía, que no me explicaba, que no soportaba la traición, el odio que me manifestaba con horror a diario la madre de mis hijos.

         Nunca como con aquella me he sentido tan identificado con una mujer: hacedora de un inmenso bienestar para mí, sujeto permanente de mi atención y de mis sueños, parte de mi proyecto personal, percibiendo mi crecimiento personal junto a ella, convencido –en fin- de que encarnaba la prolongación femenina de mí mismo.

         Pero aquello, para desgracia nuestra, no fuimos capaces de sostenerlo, abandonamos el camino en común y me quedé desolado con la ruptura. Tenía en casa un par de libros sobre la felicidad y me hice con otros dos o tres para dedicar aquel verano de 2005 a estudiar qué había dicho el pensamiento occidental sobre la felicidad, desde Sócrates hasta hoy. Y es que yo quería entonces y quiero hoy ser feliz. Necesitaba buscar donde estaba el camino.

         La felicidad es un concepto singular: todo el mundo habla de ella sin saber a lo que se refiere; todo el mundo la desea pero nadie la busca por las vías en que puede encontrarse, se imputa a terceros la infelicidad propia cuando la felicidad es un asunto rigurosamente personal en el que nadie interviene. Recuerdo yo en funerales de la Castilla profunda en los años 60 del pasado siglo expresiones laudatorias hacia Antonio el difunto, como las siguientes: ¡Qué feliz hizo el Antonio a la Pili! La Pili, que fue feliz, lo fue por sí misma y sin mediación de nadie, ni siquiera de su Antonio. Otro asunto es que Antonio en su inmenso amor hacia ella incrementara mientras vivió la intensidad de la felicidad de la que Pili gozaba porque así se lo había propuesto. Por ser un asunto rigurosamente personal cada hombre y cada mujer han de plantearse lo que es para él/ella la felicidad. Hay muchos otros nombres para designar la felicidad: dicha, suerte, ventura, fortuna, beatitud, bienaventuranza. Hay en ellos una significación común pero existen matices entre ellos que sitúan a cada uno en una de las dos corrientes del pensamiento sobre la felicidad humana que ahora desvelaré.

         Otra de las características de la felicidad es que corresponde al orden del ser y no al orden del estar. Hay personas a las que se les escucha decir “estoy feliz”; éstas suelen confundir el ser feliz con estar a gusto que son cuestiones muy diversas como expondré a continuación.


         

Existen dos corrientes en la historia del pensamiento que definen la consistencia de la felicidad. La primera hace coincidir el término felicidad con el sumatorio de momentos felicitarios a lo largo de un período de tiempo, de una vida entera. Los momentos felicitarios sólo pueden ser aquellos en que la persona se sienta a gusto, disfrute del placer o sienta plenitud.

         A mí esta definición no me gusta. Me parece que confunde “ser feliz” con “estar a gusto”; lo que decía antes de los que afirman “estoy feliz”. Y esto me parece un error, no un error de grado sino de naturaleza, que es de mayor gravedad. Yo tuve hace diez años la inmensa fortuna de vivir en mí mismo la experiencia que me permitió poder detectar la diferencia entre ser feliz y estar a gusto: estaba padeciendo el doloroso tratamiento de una enfermedad tumoral (que evolucionó favorablemente hacia la curación, por cierto) y durante varios meses, casi un año, estuve obligado a vivir muy a disgusto, con pérdida de entre un veinte y un treinta por ciento de mi peso, dolores, incomodidades, mucho trajín de hospitales, cirugía, quimioterapia, radioterapia. Ya se sabe más o menos lo que supone eso, todos tenemos experiencias más bien próximas. Pues bien, durante todo ese tiempo en que no tuve más remedio que vivir tan a disgusto, fui inmensamente feliz y lo fui porque, gracias a la enfermedad, mis cinco hijos y yo fuimos capaces –unidos-de hacer un nuevo núcleo familiar inmensamente gratificante por diferente que fuera al originario destruido unos años antes. En este sentido he comentado en ocasiones a mis amigos el carácter salvífico que tuvo para mí la enfermedad.

         En esta primera corriente de pensamiento, aunque a mí no me guste, se encuentran pensadores tan destacados como Blas Pascal cuando afirma “La felicidad es un artículo maravilloso: cuanto más se da, más le queda a uno”. La felicidad no es dable, no es un bien fungible, brota de una actitud personal profunda que comienza a hacerse en el  reconocimiento de uno mismo. En otro de sus pensamientos proclama: “La imaginación dispone de todo. Hace la belleza, la justicia y la felicidad, que es todo en el mundo”. No es posible ser feliz a base de imaginación, a menos que se considere la felicidad un “imposible” como Ortega o un “mito”, como Gustavo Bueno. También la escritora norteamericana Pearl S. Buck se adhiere a esta corriente cuando afirma: “Muchas personas se pierden las pequeñas alegrías mientras esperan la gran felicidad”, lo cual es rigurosamente cierto y supone una advertencia muy aconsejable, pero las pequeñas alegrías, que hay que vivirlas para vivir con la intensidad posible, no suponen más allá de momentos agradables. Antoine de Rivarol se adhiere también al decir que “La esperanza es un préstamo que se hace a la felicidad.” Parece no creer más que en la felicidad como una meta a la que no se llega más que por momentos felicitarios que, de no producirse, hay que anticiparlos a base de esperanza y por ello es la esperanza un préstamo para anticipar la felicidad o crear una felicidad virtual anticipada a base de esperanza porque de otro modo la felicidad real nunca llegaría.

         La segunda línea del pensamiento occidental sobre la felicidad humana, la que me gusta a mí, la que sigo y la que recomiendo porque yo la vivo, dice que la felicidad consiste en la fidelidad a uno mismo y a su propia vocación. En el caso particular mío que describía antes, la felicidad se asentaba en que mi proyecto al constituir una familia treinta años antes, que se había demolido por completo cuatro años atrás, volvía a ser posible, era sostenible y eso me permitía mantenerme fiel al proyecto vital familiar de origen. En la medida en que sea yo capaz de aumentar los campos de la fidelidad a mí mismo en los diferentes proyectos que afectan a mi condición personal: el proyecto matrimonial, el proyecto familiar, el proyecto profesional, los amigos, la sociedad, la cultura haremos que la felicidad sea más extensa y, por abarcar más, la percibiremos con mayor intensidad también. En esta tendencia están Aristóteles, el primero, que dice así: “Deja de poner la felicidad cada vez más lejos de ti” o también, con rotundidad en el empeño estrictamente personal de la felicidad: “Nadie es dueño de tu felicidad. Por eso, no entregues tu alegría, tu paz, tu vida en las manos de nadie, absolutamente de nadie”

         Muy importante en esta línea es esta expresión de Leibnitz: “Amar es encontrar en la felicidad del otro la propia felicidad.” Si la felicidad consiste en ser fiel a la propia vocación, la felicidad suprema se consigue en el cumplimiento de la vocación radical del hombre y de la mujer, que es el amor, la condición amorosa de la vida personal hace que el amor sea necesario para la persona, renunciar al amor es renunciar a la propia mismidad y, por lo tanto, renunciar a la mismísima felicidad, el objetivo primordial de mi vida. Por todo esto el amor auténtico se presenta como irrenunciable y, en esta medida, es felicidad.

         Traigo unas palabras de Julián Marías sacadas de su “Antropología metafísica” que dicen así: “La más frecuente reacción del hombre ante la amenaza y la inseguridad, para asegurar la felicidad, es la renuncia, la simplificación del proyecto. Esto puede quizá asegurar el bienestar o la comodidad o la ausencia de dolor, o su mitigación pero justamente elimina la felicidad. Por el contrario, hay que complicar el proyecto para que corresponda a la estructura compleja de la realidad, a la vez que se refuerza su unidad proyectiva. Hay que proyectar en varias direcciones, a distintos niveles, unitariamente. Se dirá que no es fácil; ciertamente, pero nadie ha dicho que sea fácil vivir; por el contrario, vivir es la suma dificultad.”

         Cobra mucho sentido ahora esta cita de C. S. Lewis: “El dolor de entonces es la felicidad de ahora” y también “La felicidad es interior, no exterior; por lo tanto, no depende de lo que tenemos, sino de lo que somos” (Henry Van Dyke)

         El gran Borges proclamó: “He sospechado alguna vez que la única cosa sin misterio es la felicidad, porque se justifica por sí sola” y termino esta serie de citas con el Maestro Gracián: “Nunca se debe pecar contra la propia felicidad por complacer al que aconseja y permanece ajeno.”



         Por sentar por última vez la diferencia entre las dos maneras de entender la felicidad, notemos cuando llegan las Navidades o el cumpleaños de un amigo o la boda de algún próximo a nosotros y le deseamos ¡Muchas felicidades! Eso supone creer que la felicidad es suma de momentos, de felicidades muchas y diversas. Deberíamos decirle, con más propiedad ¡Sé feliz! Lo que supone ponerse en la actitud de serlo y, con firmeza y constancia, conseguirlo. Este era el argumento de una extraordinaria “tercera” de ABC de Ignacio Sánchez Cámara de 24 de enero de 2011.

         Abiertos a la trascendencia afirmo con John Locke que “La esperanza de una felicidad eterna e incomprensible en otro mundo lleva consigo el placer constante” y sabemos bien que el proyecto a que llama el Señor Jesús está expuesto en el Sermón del Monte que narra el Evangelio de Mateo en el capítulo 5 en que se asegura la felicidad para:

·       Los que eligen ser pobres
·       Los que sufren
·       Los no violentos
·       Los que tienen hambre y sed de justicia
·       Los que prestan ayuda
·       Los limpios de corazón
·       Los que trabajan por la paz
·       Los que viven perseguidos por su fidelidad

Como ser feliz, que es un camino y meta a la vez, no es una tarea fácil pero es necesaria, conviene ayudarse para acometerla de algunas pautas psicológicas que ayudan en el empeño y que el Prof. Enrique Rojas propone:

1.     Ser capaz de cerrar las heridas del pasado.
2.     Aprender a tener una visión positiva de la vida.
3.     Tener una voluntad férrea.
4.     Tener un buen equilibrio entre corazón y cabeza.
5.     Tener un proyecto de vida coherente y realista,


¡Que seáis muy felices todos los que me habéis leído!

Lo deseo de todo corazón.

























E.L./26.09.2017

lunes, 17 de julio de 2017

La imprescindible tolerancia para convivir nada tiene que ver con la permisividad

Fray Tomás de Torquemada,
Inquisidor general, símbolo de la intolerancia


         Vivimos tiempos de desasosiego, de ausencia de valores humanos que nos hacen vivir con un espesor en lo humano muy delgado, rayando en la animalidad, tiempos de confusión y de desolación.

         En ese escenario, tanto en la convivencia cívica como en la convivencia política (cívica también, pero incivil tantas veces) es imprescindible la TOLERANCIA, una actitud virtuosa que consiste en la aceptación de las conductas de los demás, o de sus pensamientos, con los que no comulgo pero que están dentro de las normas aceptadas.

         Sin embargo, esa actitud, virtuosa en sí misma, la estamos confundiendo con PERMISIVIDAD, que consiste en la aceptación del incumplimiento deliberado por parte de nuestros semejantes de las normas y leyes comúnmente aceptadas (mentir, robar, desobedecer a la autoridad…) Y en esta confusión y con esta permisividad es como la convivencia se quiebra y nos hacemos irremediablemente víctimas del más fuerte.

         La TOLERANCIA no es aceptar todo del otro, sino aceptar al otro como un todo y la PERMISIVIDAD  es la renuncia a decidir entre lo que me es lícito y lo que no me conviene. Es muy sabio el adagio paulino “Todo está permitido, decís, pero no todo conviene. Todo está permitido, pero no todo edifica” (1 Cor. 10, 23)

         La diferencia entre TOLERANCIA y PERMISIVIDAD es la misma que existe entre RESPETO y VENERACIÓN. El exceso siempre nos aboca al error. Y nos ocurre que de tanto pretender aceptar a los demás como son acabamos aceptando nuestros propios dislates.

         He comentado ya en este foro aspectos varios que surgen con la emergencia de Podemos. A mí me sigue pareciendo el emblema de la permisividad en la vida pública española. Todo se les permite. Desde su falta de aseo hasta el incumplimiento de las normas de protocolo y esa falta de respeto a las normas son las que conllevan a que la convivencia sea imposible. Por definición toda norma es una regla a la que se deben ajustar las operaciones y llevamos muchos años en que las reglas existen pero las operaciones no se ajustan a ellas ¿Desde cuándo permiten los gobiernos centrales de España que los gobiernos autonómicos de Euskadi y Catalaluña incumplan la Ley de Banderas escondiendo nuestra bandera nacional del lugar central que debe ocupar junto a la ikurriña o la señera? ¿Desde cuándo se permite al gobierno de la Generalidad catalana que no acuda a las reuniones con los otros gobiernos autonómicos y se les sigue mandando el correspondiente giro postal a pesar del desaire y la mala voluntad manifiesta?

         Y parece muy claro que de aquellos polvos vienen estos lodos y cuando se hace dejación del imperio de la ley las sociedades se envilecen o llegan a destruirse.

           Esta es la ruta venezolana del régimen chavista, en diez pasos, muy certeramente analizada por una de sus víctimas, Miguel Henrique Otero, Presidente del Diario Nacional de Caracas:

1.      El uso del petróleo como herramienta política y geopolítica.
2.      La destrucción paulatina del aparato productivo privado y de la productividad.
3.      La destrucción de la independencia de los poderes públicos.
4.      La colonización, politización y control absoluto del sistema judicial.
5.      La persecución física y judicial de los opositores.
6.      La politización e ideologización de la Fuerza Armada Nacional.
7.      La destrucción sistemática de los medios de comunicación.
8.      La construcción de una hegemonía comunicacional que permita al régimen el control de absoluto de las informaciones y la opinión que circulaba en Venezuela.
9.      La destrucción sistemática de los símbolos y valores de la república.
10. Una cultura política basada en la polarización

           Esto, dice Otero, tiene consecuencias muy duraderas: brutaliza el ejercicio de la política, destruye los mecanismos de convivencia, impone la ley del más fuerte, establece la negación del otro como base de los intercambios sociales, autoriza al ejercicio de la violencia, impide la comprensión objetiva de la realidad.

           De la permisividad con Cataluña y Euskadi ya tenemos los réditos. Los de la permisividad con Podemos pueden desembocar en un caos al estilo venezolano.

           Ojalá le pongamos remedio a tiempo.







E.L./17.07.17