miércoles, 27 de septiembre de 2017

La consistencia de la Felicidad. Camino y meta a un tiempo, necesarios y obligatorios

 
"Entra para crecer en sabiduría"
En el frontispicio de acceso a la Universidad de Harvard (Cambridge, MA)
  
         La sabiduría es un carácter que se desarrolla con la aplicación de la inteligencia en la experiencia  propia, obteniendo conclusiones que nos dan un mayor entendimiento, que a su vez nos capacitan para reflexionar, sacando conclusiones que nos dan discernimiento de la verdad, lo bueno y lo malo.

         A todo esto llamado sabiduría, que consiste en optimizar mi propia vida, le toca entender de la felicidad.

         Hace algo más de doce años me enamoré intensamente de una mujer andaluza que correspondió a mi amor con su amor intenso, también. Salíamos los dos de nuestros procesos respectivos de separación matrimonial y destrucción de la familia, episodios más numerosos cada vez, y ambos ocupamos en ellos la posición de “repudiados”. Si su papel hubiera sido de “repudiante” no me hubiera yo enriquecido tanto con la trasmisión de sus experiencias. El proceso contencioso matrimonial de ella llevaba alguna antelación al mío por lo que sus vivencias y enseñanzas fueron muy beneficiosas para mí que no entendía, que no me explicaba, que no soportaba la traición, el odio que me manifestaba con horror a diario la madre de mis hijos.

         Nunca como con aquella me he sentido tan identificado con una mujer: hacedora de un inmenso bienestar para mí, sujeto permanente de mi atención y de mis sueños, parte de mi proyecto personal, percibiendo mi crecimiento personal junto a ella, convencido –en fin- de que encarnaba la prolongación femenina de mí mismo.

         Pero aquello, para desgracia nuestra, no fuimos capaces de sostenerlo, abandonamos el camino en común y me quedé desolado con la ruptura. Tenía en casa un par de libros sobre la felicidad y me hice con otros dos o tres para dedicar aquel verano de 2005 a estudiar qué había dicho el pensamiento occidental sobre la felicidad, desde Sócrates hasta hoy. Y es que yo quería entonces y quiero hoy ser feliz. Necesitaba buscar donde estaba el camino.

         La felicidad es un concepto singular: todo el mundo habla de ella sin saber a lo que se refiere; todo el mundo la desea pero nadie la busca por las vías en que puede encontrarse, se imputa a terceros la infelicidad propia cuando la felicidad es un asunto rigurosamente personal en el que nadie interviene. Recuerdo yo en funerales de la Castilla profunda en los años 60 del pasado siglo expresiones laudatorias hacia Antonio el difunto, como las siguientes: ¡Qué feliz hizo el Antonio a la Pili! La Pili, que fue feliz, lo fue por sí misma y sin mediación de nadie, ni siquiera de su Antonio. Otro asunto es que Antonio en su inmenso amor hacia ella incrementara mientras vivió la intensidad de la felicidad de la que Pili gozaba porque así se lo había propuesto. Por ser un asunto rigurosamente personal cada hombre y cada mujer han de plantearse lo que es para él/ella la felicidad. Hay muchos otros nombres para designar la felicidad: dicha, suerte, ventura, fortuna, beatitud, bienaventuranza. Hay en ellos una significación común pero existen matices entre ellos que sitúan a cada uno en una de las dos corrientes del pensamiento sobre la felicidad humana que ahora desvelaré.

         Otra de las características de la felicidad es que corresponde al orden del ser y no al orden del estar. Hay personas a las que se les escucha decir “estoy feliz”; éstas suelen confundir el ser feliz con estar a gusto que son cuestiones muy diversas como expondré a continuación.


         

Existen dos corrientes en la historia del pensamiento que definen la consistencia de la felicidad. La primera hace coincidir el término felicidad con el sumatorio de momentos felicitarios a lo largo de un período de tiempo, de una vida entera. Los momentos felicitarios sólo pueden ser aquellos en que la persona se sienta a gusto, disfrute del placer o sienta plenitud.

         A mí esta definición no me gusta. Me parece que confunde “ser feliz” con “estar a gusto”; lo que decía antes de los que afirman “estoy feliz”. Y esto me parece un error, no un error de grado sino de naturaleza, que es de mayor gravedad. Yo tuve hace diez años la inmensa fortuna de vivir en mí mismo la experiencia que me permitió poder detectar la diferencia entre ser feliz y estar a gusto: estaba padeciendo el doloroso tratamiento de una enfermedad tumoral (que evolucionó favorablemente hacia la curación, por cierto) y durante varios meses, casi un año, estuve obligado a vivir muy a disgusto, con pérdida de entre un veinte y un treinta por ciento de mi peso, dolores, incomodidades, mucho trajín de hospitales, cirugía, quimioterapia, radioterapia. Ya se sabe más o menos lo que supone eso, todos tenemos experiencias más bien próximas. Pues bien, durante todo ese tiempo en que no tuve más remedio que vivir tan a disgusto, fui inmensamente feliz y lo fui porque, gracias a la enfermedad, mis cinco hijos y yo fuimos capaces –unidos-de hacer un nuevo núcleo familiar inmensamente gratificante por diferente que fuera al originario destruido unos años antes. En este sentido he comentado en ocasiones a mis amigos el carácter salvífico que tuvo para mí la enfermedad.

         En esta primera corriente de pensamiento, aunque a mí no me guste, se encuentran pensadores tan destacados como Blas Pascal cuando afirma “La felicidad es un artículo maravilloso: cuanto más se da, más le queda a uno”. La felicidad no es dable, no es un bien fungible, brota de una actitud personal profunda que comienza a hacerse en el  reconocimiento de uno mismo. En otro de sus pensamientos proclama: “La imaginación dispone de todo. Hace la belleza, la justicia y la felicidad, que es todo en el mundo”. No es posible ser feliz a base de imaginación, a menos que se considere la felicidad un “imposible” como Ortega o un “mito”, como Gustavo Bueno. También la escritora norteamericana Pearl S. Buck se adhiere a esta corriente cuando afirma: “Muchas personas se pierden las pequeñas alegrías mientras esperan la gran felicidad”, lo cual es rigurosamente cierto y supone una advertencia muy aconsejable, pero las pequeñas alegrías, que hay que vivirlas para vivir con la intensidad posible, no suponen más allá de momentos agradables. Antoine de Rivarol se adhiere también al decir que “La esperanza es un préstamo que se hace a la felicidad.” Parece no creer más que en la felicidad como una meta a la que no se llega más que por momentos felicitarios que, de no producirse, hay que anticiparlos a base de esperanza y por ello es la esperanza un préstamo para anticipar la felicidad o crear una felicidad virtual anticipada a base de esperanza porque de otro modo la felicidad real nunca llegaría.

         La segunda línea del pensamiento occidental sobre la felicidad humana, la que me gusta a mí, la que sigo y la que recomiendo porque yo la vivo, dice que la felicidad consiste en la fidelidad a uno mismo y a su propia vocación. En el caso particular mío que describía antes, la felicidad se asentaba en que mi proyecto al constituir una familia treinta años antes, que se había demolido por completo cuatro años atrás, volvía a ser posible, era sostenible y eso me permitía mantenerme fiel al proyecto vital familiar de origen. En la medida en que sea yo capaz de aumentar los campos de la fidelidad a mí mismo en los diferentes proyectos que afectan a mi condición personal: el proyecto matrimonial, el proyecto familiar, el proyecto profesional, los amigos, la sociedad, la cultura haremos que la felicidad sea más extensa y, por abarcar más, la percibiremos con mayor intensidad también. En esta tendencia están Aristóteles, el primero, que dice así: “Deja de poner la felicidad cada vez más lejos de ti” o también, con rotundidad en el empeño estrictamente personal de la felicidad: “Nadie es dueño de tu felicidad. Por eso, no entregues tu alegría, tu paz, tu vida en las manos de nadie, absolutamente de nadie”

         Muy importante en esta línea es esta expresión de Leibnitz: “Amar es encontrar en la felicidad del otro la propia felicidad.” Si la felicidad consiste en ser fiel a la propia vocación, la felicidad suprema se consigue en el cumplimiento de la vocación radical del hombre y de la mujer, que es el amor, la condición amorosa de la vida personal hace que el amor sea necesario para la persona, renunciar al amor es renunciar a la propia mismidad y, por lo tanto, renunciar a la mismísima felicidad, el objetivo primordial de mi vida. Por todo esto el amor auténtico se presenta como irrenunciable y, en esta medida, es felicidad.

         Traigo unas palabras de Julián Marías sacadas de su “Antropología metafísica” que dicen así: “La más frecuente reacción del hombre ante la amenaza y la inseguridad, para asegurar la felicidad, es la renuncia, la simplificación del proyecto. Esto puede quizá asegurar el bienestar o la comodidad o la ausencia de dolor, o su mitigación pero justamente elimina la felicidad. Por el contrario, hay que complicar el proyecto para que corresponda a la estructura compleja de la realidad, a la vez que se refuerza su unidad proyectiva. Hay que proyectar en varias direcciones, a distintos niveles, unitariamente. Se dirá que no es fácil; ciertamente, pero nadie ha dicho que sea fácil vivir; por el contrario, vivir es la suma dificultad.”

         Cobra mucho sentido ahora esta cita de C. S. Lewis: “El dolor de entonces es la felicidad de ahora” y también “La felicidad es interior, no exterior; por lo tanto, no depende de lo que tenemos, sino de lo que somos” (Henry Van Dyke)

         El gran Borges proclamó: “He sospechado alguna vez que la única cosa sin misterio es la felicidad, porque se justifica por sí sola” y termino esta serie de citas con el Maestro Gracián: “Nunca se debe pecar contra la propia felicidad por complacer al que aconseja y permanece ajeno.”



         Por sentar por última vez la diferencia entre las dos maneras de entender la felicidad, notemos cuando llegan las Navidades o el cumpleaños de un amigo o la boda de algún próximo a nosotros y le deseamos ¡Muchas felicidades! Eso supone creer que la felicidad es suma de momentos, de felicidades muchas y diversas. Deberíamos decirle, con más propiedad ¡Sé feliz! Lo que supone ponerse en la actitud de serlo y, con firmeza y constancia, conseguirlo. Este era el argumento de una extraordinaria “tercera” de ABC de Ignacio Sánchez Cámara de 24 de enero de 2011.

         Abiertos a la trascendencia afirmo con John Locke que “La esperanza de una felicidad eterna e incomprensible en otro mundo lleva consigo el placer constante” y sabemos bien que el proyecto a que llama el Señor Jesús está expuesto en el Sermón del Monte que narra el Evangelio de Mateo en el capítulo 5 en que se asegura la felicidad para:

·       Los que eligen ser pobres
·       Los que sufren
·       Los no violentos
·       Los que tienen hambre y sed de justicia
·       Los que prestan ayuda
·       Los limpios de corazón
·       Los que trabajan por la paz
·       Los que viven perseguidos por su fidelidad

Como ser feliz, que es un camino y meta a la vez, no es una tarea fácil pero es necesaria, conviene ayudarse para acometerla de algunas pautas psicológicas que ayudan en el empeño y que el Prof. Enrique Rojas propone:

1.     Ser capaz de cerrar las heridas del pasado.
2.     Aprender a tener una visión positiva de la vida.
3.     Tener una voluntad férrea.
4.     Tener un buen equilibrio entre corazón y cabeza.
5.     Tener un proyecto de vida coherente y realista,


¡Que seáis muy felices todos los que me habéis leído!

Lo deseo de todo corazón.

























E.L./26.09.2017

lunes, 17 de julio de 2017

La imprescindible tolerancia para convivir nada tiene que ver con la permisividad

Fray Tomás de Torquemada,
Inquisidor general, símbolo de la intolerancia


         Vivimos tiempos de desasosiego, de ausencia de valores humanos que nos hacen vivir con un espesor en lo humano muy delgado, rayando en la animalidad, tiempos de confusión y de desolación.

         En ese escenario, tanto en la convivencia cívica como en la convivencia política (cívica también, pero incivil tantas veces) es imprescindible la TOLERANCIA, una actitud virtuosa que consiste en la aceptación de las conductas de los demás, o de sus pensamientos, con los que no comulgo pero que están dentro de las normas aceptadas.

         Sin embargo, esa actitud, virtuosa en sí misma, la estamos confundiendo con PERMISIVIDAD, que consiste en la aceptación del incumplimiento deliberado por parte de nuestros semejantes de las normas y leyes comúnmente aceptadas (mentir, robar, desobedecer a la autoridad…) Y en esta confusión y con esta permisividad es como la convivencia se quiebra y nos hacemos irremediablemente víctimas del más fuerte.

         La TOLERANCIA no es aceptar todo del otro, sino aceptar al otro como un todo y la PERMISIVIDAD  es la renuncia a decidir entre lo que me es lícito y lo que no me conviene. Es muy sabio el adagio paulino “Todo está permitido, decís, pero no todo conviene. Todo está permitido, pero no todo edifica” (1 Cor. 10, 23)

         La diferencia entre TOLERANCIA y PERMISIVIDAD es la misma que existe entre RESPETO y VENERACIÓN. El exceso siempre nos aboca al error. Y nos ocurre que de tanto pretender aceptar a los demás como son acabamos aceptando nuestros propios dislates.

         He comentado ya en este foro aspectos varios que surgen con la emergencia de Podemos. A mí me sigue pareciendo el emblema de la permisividad en la vida pública española. Todo se les permite. Desde su falta de aseo hasta el incumplimiento de las normas de protocolo y esa falta de respeto a las normas son las que conllevan a que la convivencia sea imposible. Por definición toda norma es una regla a la que se deben ajustar las operaciones y llevamos muchos años en que las reglas existen pero las operaciones no se ajustan a ellas ¿Desde cuándo permiten los gobiernos centrales de España que los gobiernos autonómicos de Euskadi y Catalaluña incumplan la Ley de Banderas escondiendo nuestra bandera nacional del lugar central que debe ocupar junto a la ikurriña o la señera? ¿Desde cuándo se permite al gobierno de la Generalidad catalana que no acuda a las reuniones con los otros gobiernos autonómicos y se les sigue mandando el correspondiente giro postal a pesar del desaire y la mala voluntad manifiesta?

         Y parece muy claro que de aquellos polvos vienen estos lodos y cuando se hace dejación del imperio de la ley las sociedades se envilecen o llegan a destruirse.

           Esta es la ruta venezolana del régimen chavista, en diez pasos, muy certeramente analizada por una de sus víctimas, Miguel Henrique Otero, Presidente del Diario Nacional de Caracas:

1.      El uso del petróleo como herramienta política y geopolítica.
2.      La destrucción paulatina del aparato productivo privado y de la productividad.
3.      La destrucción de la independencia de los poderes públicos.
4.      La colonización, politización y control absoluto del sistema judicial.
5.      La persecución física y judicial de los opositores.
6.      La politización e ideologización de la Fuerza Armada Nacional.
7.      La destrucción sistemática de los medios de comunicación.
8.      La construcción de una hegemonía comunicacional que permita al régimen el control de absoluto de las informaciones y la opinión que circulaba en Venezuela.
9.      La destrucción sistemática de los símbolos y valores de la república.
10. Una cultura política basada en la polarización

           Esto, dice Otero, tiene consecuencias muy duraderas: brutaliza el ejercicio de la política, destruye los mecanismos de convivencia, impone la ley del más fuerte, establece la negación del otro como base de los intercambios sociales, autoriza al ejercicio de la violencia, impide la comprensión objetiva de la realidad.

           De la permisividad con Cataluña y Euskadi ya tenemos los réditos. Los de la permisividad con Podemos pueden desembocar en un caos al estilo venezolano.

           Ojalá le pongamos remedio a tiempo.







E.L./17.07.17

lunes, 26 de junio de 2017

Los anti humanistas, dicen que animalistas ¿van a campar también a sus anchas?


Fandiño, empitonado de muerte

         En la confusión y criminalidad consentida reinantes han reaparecido, con la trágica muerte del matador de toros Iván Fandiño, los autoproclamados animalistas: unos energúmenos que arremeten contra el hombre de manera inmisericorde bajo el disfraz de su falsa defensa de los animales. Nadie puede defender a los animales arremetiendo contra el hombre en tan inhumanas formas y nadie puede ser condenado sin ser oído. Condenar a Fandiño muerto llega al mayor grado de vileza y en las formas en que se ha hecho se ha evidenciado lo más tirado de la naturaleza animal del hombre.

         Jorge Javier Vázquez, en lo más suave que se ha oído, se despide hasta siempre de Felipe, VI por presidir la Corrida de la Beneficencia. Hay fotos de él, anteriores, disfrutando de una tarde toros en un burladero del callejón de Las Ventas (sic) De ahí, hasta bendecir al toro que mató al diestro vasco.

         Transcribo de twitter las siguientes animaladas animalistas:

1.    Chicco Apple
“No es nada….Maricón. Es arte”
 (Fue el pie de página que se ocurrió añadir a la foto que encabeza estas líneas)
2.      Anne for ever.
“Qué triste! Que tengamos que sentir eso! Pues también lo siento así! Estos seres oscuros, asesinos, nos están poniendo en este lugar, en este sentir!

3.      Yaz CatDog Mex
“Sí, DeVerdadLoSientoMuchoZ Peropor Eltoro, quien maltrata a un animal no puede ser buena persona y bueno pues esta bola de payasos asesinos menos”

4.      Semicirculo
“Iván Fandiño muerto abono pa mi huerto”

5.      @Earended_
“Leo sobre un matador que acaba de fallecer en el hospital. Envío mis bendiciones al toro”

6.      @lucsricca
“Iván Fandiño, otro hijo de puta menos”

         Es no sólo comprensible, sino encomiable, que Fran Rivera haya publicado en su cuenta de twitter, @Pquirri74, “Y me cago en los muertos de toda la gente mala que se alegra de la muerte de un hombre bueno” Su padre murió en la plaza de Pozoblanco, víctima de una cogida que le mató en minutos y él está jugándose la vida en cada tarde que se viste de luces.

         En todo este vil comportamiento que hemos descrito late un auténtico salvajismo ¿o animalidad que les une de esa salvaje manera a los animales? Pero se perpetran delitos de odio, delitos contra el honor y quizás de otras más naturalezas que los penalistas sabrán.

         ¿También en esto vamos a mirar para otro lado?




























E.L./26.06.17

jueves, 15 de junio de 2017

Es del género imbécil, por suicida, dar cobijo confortable al que tiene como objetivo asesinarte

         Se hace imprescindible poner en marcha nuevas políticas de convivencia con los musulmanes en los países que les acogemos en Occidente. De lo contrario, todo hace pensar que pereceremos por causa de las acciones de los yihadistas, martiriales o no.

         Y hasta ahora los hemos admitido sin trabas, hemos alentado sus costumbres y estamos llegando hasta la estupidez. Se va a considerar la celebración del mes del ayuno de purificación, o mes de Ramadán, como fiesta española ¿Se puede ser más cenutrio? Perdemos así nuestras señas de identidad, una de las cuales y no la menor era la de la lucha contra el Islam. En todo Occidente se están construyendo mezquitas (en ocasiones con ayudas públicas) cuando en los países islámicos wahabistas, los que suelen financiarla, no se nos permite levantar iglesias para nuestro culto ¿A ese complejo de inferioridad o de imbecilidad hemos llegado?


El Rey de Arabia saudí


         España conoce bien lo que el Islam representa: lo que supone en términos de convivencia, lo que significa en términos de guerra y lo difícil, si no imposible, que resulta una alianza con el Islam desde nuestra condición de increyentes. No en balde se mantuvo ocupada por el Islam durante siete siglos, del VIII al XV, ocupación que se extendió por toda la Península. En ocasiones hemos presumido de ciudades medievales (Toledo y Córdoba son los paradigmas) de una convivencia excelente de las tres culturas –cristiana, judía y musulmana-. Nada de eso es cierto, la convivencia entre ellas era un continuo sobresalto. Hoy sí y mañana también se producían altercados entre miembros de las tres religiones.

         Convivo con musulmanes a diario, principalmente marroquíes empleados en establecimientos que frecuento y son personas amables, cariñosas y serviciales. Sin embargo, cuando se comenta con ellos los atentados islamistas padecidos, a cuál más horrendo, dicen que no son verdad que sean islamistas, que eso son cosas que dicen los políticos. Y, ciertamente, se pone uno primero a pensar y a temblar más tarde.

         Esto me lo dijo muy convencida una mujer de Casablanca muy alegre, cariñosa y eficiente que trabaja en una pastelería a la que acudo a diario a comprar el pan. Y me lo dijo tras el último atentado de Londres el pasado día 3 ¿Cómo es posible padecer una intoxicación de tal magnitud? Se conocen los autores del atentado, se conocen sus ramificaciones, se detiene a gente de su alrededor que formaba parte de aquellas, se produce la reivindicación por el Daesh ¿A qué este empecinamiento? Al poco del atentado de Londres, el Daesh atentaba contra Irán en dos acciones paralelas: una contra el Parlamento iraní y la otra, a las afueras de Teherán, contra la tumba del imán Jomeini. Actuaciones sangrientas de suníes contra chiíes, una escisión que se produce entre los musulmanes al poco de la muerte del Profeta y que se ha ido agrandando hasta verse como irreconciliable. Es horrendo que mueran seres humanos:  lo mismo vale un ciudadano de Madrid que otro de Teherán, pero atentando entre ellos poco podemos hacer los de fuera. Sin embargo, Nueva York con las Torres Gemelas destruidas, París, Bruselas, Estocolmo, Londres ¿tienen que acudir al martirio como oveja al matadero por parte de esta gente? Una gente a la que hemos acogido, que ha crecido entre nosotros, a la que no hemos hecho mal alguno sino el bien que hemos podido, el disfrute de nuestra cultura.

Abu Bakr al Baghdai, autoproclamado Califa del Estado Islámico


         Hay que cortar esto. No sé cómo, nunca he tenido responsabilidades políticas ni de orden público, pero hay que cortarlo. No más mezquitas como si nada, no más velos en las mujeres como si nada, no estupideces como hacer del Ramadán una Fiesta española. El que llega a otra casa cumple con el adagio de que donde fueres haz lo que vieres y a los musulmanes les toca eso como nos toca a nosotros.

         Salam ailekum.





















jueves, 18 de mayo de 2017

La transmodernidad, una salida del túnel de esta postmodernidad en que vivimos y que nos tiene inhabilitados



         Desde la Revolución Francesa y la revolución industrial el hombre se da a sí mismo un proyecto de modernidad que traspasa el siglo XIX hasta llegar hasta comienzos de los años 60 del siglo pasado. Nace en Europa y se amplifica a un proyecto global hegemónico y con carácter totalizador para el resto del mundo. Se caracteriza, sobre todo, según Rodríguez Magda siguiendo a Habermas, por la absolutización de la razón: es el esfuerzo ilustrado por desarrollar desde la razón las esferas de la ciencia, la moralidad y el arte, separadas de la metafísica y la religión. De esta manera la razón emerge como medida de todas las cosas haciendo de la modernidad un proceso emancipador de la sociedad, un salir de la tradición para adentrarnos en una secularización de las cosas, un colocar al hombre como capaz por sí mismo de responder a las interrogantes colocando a la razón por encima de las respuestas teológicas, lo que hasta entonces se había conocido como la tradición. Esta Utopía desde la razón y precisamente porque está presidida por la razón misma fue cohesionando un modelo, cuya quiebra, desde su propio punto de vista, no puede sino conducir a la barbarie.

Descartes


         Este estado de cosas ha proporcionado a la humanidad una referencia en el camino, seguridad en los conceptos y en los valores aceptados por convenio por todos y cerca de doscientos años de criterios bastante estables.

         Sien embargo, J. J. Garrido afirma que es justo reconocer que había motivos para rebelarse contra ese ambiente en una rebelión postmoderna: el abuso de la razón, convertida en razón científico-instrumental y ciega para otras expresiones y dimensiones de la realidad; la intolerancia hacia formas de pensar y sentir diferentes de las entronizadas en el gran relato; la manipulación del absoluto, causa de grandes sufrimientos entre los seres humanos; la ideología del progreso (en ella seguimos) que –al decir de Ortega- se había convertido en el opio entontecedor de los pueblos; la instrumentalización partidista del llamado “sentido de la historia” para la eliminación de los adversarios políticos; el temible poder de la técnica sin referencia al horizonte humano; la absolutización de la economía…

         Continúa el Profesor Garrido manifestando con rigor  que todo esto estaba detrás del origen del pensamiento y de la condición postmodernos y en cierto modo lo justificaba al conectar con un difuso y muy extendido malestar de la conciencia europea. Otra cosa muy distinta era el que este modo de pensar postmoderno, al rechazar las raíces de Occidente y los valores de la Ilustración, pudiera ofrecer algo positivo a las nuevas generaciones. De hecho, al arranque de la postmodernidad no abundaba la esperanza y se fomentaba un cierto fatalismo y una actitud resignada ante los acontecimientos, compensada con el esteticismo. Sin olvidar que el rechazo sin matices de todo lo moderno e ilustrado suprimía también el espíritu utópico.

         La postmodernidad es quizás el momento de mayor vacío de entusiasmo y esperanza del hombre a lo largo de la Historia, no comparable con ninguna otra época (algo de naturaleza parecida pero de ninguna manera idéntico, ocurrió en el caprichoso paso de la República Romana al Imperio, momento en el cual la civilización romana comenzó a desmoronarse) A ello se añade en los años 80 del pasado siglo la caída del muro de Berlín y la desmembración de la Unión Soviética que hace desaparecer la última utopía –para quien la quiera-: el comunismo.

         Se puede definir la posmodernidad como la libertad de librase de los mandatos. Según los generadores de este pensamiento, si existen reglas, leyes o todo aquello que haga del hombre una especie encerrada en mandatos, no podrá ser feliz. Cree en una libertad que no es destructiva para la sociedad, que no es regida por normas y teorías; mira a su alrededor, más bien, y medita y critica tanto a la realidad como a la teoría que ha hecho surgir las tecnologías y los avances en lo humano. No cree en los descubrimientos de la ciencia ni en la realidad que esta pueda traer y critica la ciencia a tal extremo que su argumento es decir que los cambios científicos y tecnológicos se han producido dependiendo de la perspectiva humana que pueda tener cierto individuo al estudiar cualquier cosa que le rodee en el mundo y el universo.

         En relación con el rechazo a las verdades absolutas es característico de la posmodernidad el abandono de la razón y el desprestigio de la idea de progreso. La razón se fue sustituyendo por la estética, por los valores creativos; la categoría de interesante (que es estética) ha sustituido a la categoría de verdadero (que es epistemológica) En la posmodernidad nada es verdadero, lo que provoca una falta de asideros existenciales no pequeña. Al desconfiar de la razón hay una pérdida de preocupación por la realización colectiva y resalta el interés por uno mismo. Esto se observa en el entorno de lo religioso: hay un boom de lo sobrenatural y de las ciencias ocultas (quiromancia, astrología, videncia, cartas astrales, cábalas) A diferencia con la modernidad, en la posmodernidad no hay prejuicio en aceptar explicaciones por más irracionales que sean. Además de un retorno de lo irracional, también retorna Dios, pero el Dios del individuo posmoderno no puede ser demasiado exigente: como el individuo postmoderno obedece a lógicas múltiples su postura religiosa también las tiene y vive un sincretismo con ideas judías, cristianas, hindúes, budistas y añadiendo un poco de marxismo y de paganismo. La posmodernidad disuelve las ilusiones de la modernidad y, a diferencia de ésta, que era ingenuamente optimista, lleva una carga de pesimismo consigo.

         Este ambiente posmoderno (en la modernidad no hubiera cabido) es el que nos lleva a tantas sinrazones como estamos viviendo: que se pase el bachillerato con asignaturas suspendidas; que dé lo mismo el esfuerzo que la holgazanería, que todo valga lo mismo, consecuencia del abandono de la metafísica y por tanto de la ética; que se represente a España en Eurovisión cantando en inglés; que Manel quede el último en el concurso y esté orgulloso del resultado porque “es lo que hay” y la preparación que había hecho fue “espectacular”; que mientras la policía está registrando la sede del PP en la calle Génova por corrupción en la Comunidad de Madrid, el Presidente del Gobierno y del Partido proclame en el Congreso que éste es el regenerador de la democracia y la vía para acabar con la corrupción; tampoco en la modernidad hubieran cabido los populismos de derecha, de izquierda y mediopensionistas por la sencilla razón de que va contra la razón vulnerar las normas que nos venimos dando, desde las de protocolo hasta la Constitución Española que es la cima de la pirámide normativa.
Marine Le Pen

Manel Navarro

Podemos en el hemiciclo



En relación con la idea de progreso me sorprende (me viene sorprendiendo desde que tenía 20 años) que los partidos de izquierda continúen autocalificándose de progresistas. No sólo porque no han propiciado progreso alguno, nunca, en las sociedades a que se deben sino porque la cultura dominante no se fía ya de su idea de progreso como realidad posible y por lo tanto deseada.

La transmodernidad corresponde a una etapa nueva, a un nuevo reordenamiento cultural en que se supera la posmodernidad y se recuperan algunos aspectos que quedaron sin concluir en la modernidad. Ojala se vaya consolidando y regresemos a un ambiente de mayor espesor humano y personal. Yo no veo aún luz al final del túnel pero los que están al tanto de estos movimientos (sociólogos y filósofos sociales) dicen advertir el cambio.

El elemento central que atraviesa la transmodernidad es la globalización que se constituye en el gran referente. Y en esa orientación global Garrido incluye lo más sólido del pensamiento del siglo XX que vio las insuficiencias del mundo moderno y de la ilustración y que se esforzó en la búsqueda de caminos nuevos, sin por ello renunciar a los logros intelectuales, sociales y políticos de la modernidad: el individuo como portador de derechos, la universalidad de lo humano y su dignidad, el deseo de igualdad, los planteamientos democráticos, el valor universal de la verdad, etc. “Ante el hundimiento y el descrédito de la razón racionalista, cientifista, técnica e instrumental los grandes pensadores del siglo pasado, como Bergson, Husserl, Ortega, Scheler, Hartmann, Zubiri, Levinas, Merlau-Ponty, Heidegger, en lugar de renegar de la razón o de sumergirse en el relativismo, trabajaron cada uno a su manera en la búsqueda de una racionalidad amplia y acogedora, respetuosa con la realidad en sus múltiples manifestaciones, más abierta hacia lo que las cosas son y muestran ser; una razón que evitara el dogmatismo del sistema cerrado y exclusivo, la pretendida explicación total y sin fisuras, la exclusión de dimensiones relevantes de las cosas y de la vida humana y la confusión de los esquemas conceptuales con lo real aprehendido en ellos.”


Ortega


“Buscaron una razón que, en lugar de imponer a lo real sus esquemas e intereses, se dejara enseñar por las cosas mismas y se abriera admirativamente a sus propuestas, tuviera el sentido de la gratuidad y el gusto por la contemplación. Y ello fue haciendo posible una nueva manera de acercarse a las cosas y de mirar el mundo, una nueva manera capaz de hacer justicia a lo humano en su peculiaridad, a los valores éticos generadores de proyectos de vida personal y colectiva y a los sentidos profundos y a los sentidos profundos que las cosas muestran al situarse adecuadamente  ante ella como, por ejemplo, el sentido de lo sagrado y la experiencia religiosa del hombre.”

Otra de las características de la transmodernidad en su desabsolutización de la razón es que recupera el sentido fáctico, contingente y limitado del hombre y de todas sus `producciones, el carácter concreto e histórico de todo lo humano. Más que de RAZÓN, la filosofía transmoderna prefiere hablar de seres humanos concretos que. razonan y piensan. El pensamiento es siempre de “alguien” y ese “alguien” es inseparable de una situación, de un mundo con unas estructuras individuales y sociales ya dadas y desde las que se piensa, se hace ciencia, se convive y se proyecta un futuro personal y colectivo. Renació así la conciencia de la propia limitación, y de la necesidad de diálogo y de la colaboración de todos, de la humildad del pensamiento.

La debilidad del pensamiento no significa que el hombre no pueda alcanzar la verdad ni deba esforzarse por buscarla, sino que la verdad encontrada será siempre humana, es decir, limitada, parcial y penúltima. Se gtermina con los dogmatismos pero también con los relativismos.

Ojala que todos estos trazos vayan posándose en nuestra cultura y podamos ganar en sentido personal, en profundidad teórica y vital y, a la postre, en felicidad individual y colectiva.

Así lo deseo de todo corazón.

E.L./18.05.2017